Hay momentos en los que todo deja de funcionar.
No es solo el carro, el microondas o el día que salió mal. Es más profundo. Son relaciones que se enfrían, matrimonios que se rompen en silencio, negocios que dejan de dar fruto, sueños que ya no emocionan… y una fe que, poco a poco, deja de sentirse viva.
Muchos llegan a ese punto donde repiten: “ya lo intenté todo” o “así me tocó vivir”. Y sin darse cuenta, comienzan a convivir con lo que creen que está perdido.
En medio de esa realidad, la iglesia El Búnker celebró la Cena del Señor, dirigida por el pastor Emilio Samoya, dando paso a un mensaje del pastor Ronal Diaz , basado en el Evangelio según San Juan, capítulo 11: la historia de Lázaro.
Pero más que una historia conocida, fue una confrontación directa.
“Hay etapas donde sentimos que todo se muere”, expresó el pastor, señalando una verdad incómoda: muchas personas no están bien, pero han aprendido a aparentar que sí. Especialmente en redes sociales, donde proyectan una vida que no refleja lo que realmente están viviendo.
Y ahí está uno de los mayores errores.
No se busca consejo.
No se pide oración.
No se abre el corazón.
Se sostiene la imagen… hasta que todo colapsa.
Divorcios que llegan sin aviso para otros, negocios abandonados, decisiones tomadas en soledad. No porque no había salida, sino porque nunca se buscó dirección a tiempo.
Frente a ese escenario, el mensaje fue claro: lo que parece muerto, no siempre está perdido.
“Yo soy la resurrección y la vida” (Juan 11:25), declaró Jesús. Y esa verdad, lejos de ser simbólica, sigue vigente.
Sin embargo, hay una condición que muchos prefieren ignorar.
Cuando Jesús llegó al sepulcro de Lázaro, dio una orden específica: “quiten la piedra”.
Pudo hacerlo Él mismo. Tenía el poder. Pero no lo hizo.
Porque hay cosas que le corresponden al hombre.
La falta de fe —y muchas veces la falta de acción— termina siendo el mayor estorbo. Se espera un milagro, pero no se obedece. Se quiere un cambio, pero no se toman decisiones.
“Lo que es imposible para el hombre, es posible para Dios”, sí.
Pero si Dios te dice: mueve la piedra… hay que moverla.
A partir del versículo 43, el mensaje profundizó en una verdad que incomoda: la resurrección exige obediencia.
No excusas.
No emociones momentáneas.
Disciplina.
Leer la Biblia.
Buscar a Dios.
Ayunar.
Sostener una vida espiritual real.
Porque no se trata solo de creer… se trata de vivir conforme a lo que se cree.
El llamado también fue hacia la responsabilidad espiritual. “Pondrán las manos sobre los enfermos, y sanarán” (Marcos 16:18). La fe no es solo para sostenerse, sino para impactar a otros.
Pero nada de eso es posible si se vive en doble vida.
“Si vienes al Búnker, tu comportamiento debe estar alineado”, afirmó el pastor con firmeza. No se trata de asistir, sino de ser transformado. No se trata de aparentar, sino de vivir con coherencia.
Misma persona en la iglesia.
En la casa.
En el trabajo.
En lo privado.
Porque de nada sirve estar presente físicamente, si el corazón sigue igual.
“Aquí no estamos para jugar a ser cristianos”, fue la advertencia.
Y es ahí donde el mensaje deja de ser cómodo.
Porque obliga a preguntarse:
¿Estoy viviendo lo que digo creer?
En medio de esta confrontación, El Búnker reafirma su esencia: “un lugar seguro para volver a empezar”.
Pero no para quedarse igual.
Sino para levantarse, cambiar, y vivir una fe que no solo se predica… sino que se demuestra.
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Realizado por: Mercedes Xiques

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