El equipo del Campeón: el llamado que no se gana, se recibe.

Una reflexión del pastor Emilio Samoya en el marco de la final del Mundial de Fútbol

Aprovechando el ambiente que generó la final del Mundial de Fútbol, el pastor Emilio Samoya construyó una enseñanza con una analogía sencilla, pero profundamente confrontadora: mientras el mundo celebra a los equipos campeones formados por los mejores atletas, existe un equipo mucho más trascendental: el equipo del Campeón, Jesucristo.

La comparación resultó oportuna. En el deporte, los equipos de élite escogen cuidadosamente a sus integrantes. Solo llegan quienes demuestran talento, disciplina, esfuerzo y resultados. Nadie ocupa un lugar por casualidad; cada jugador debe ganarse el derecho de vestir esa camiseta.

Sin embargo, el pastor planteó una pregunta que cambió completamente la perspectiva:

¿Quiénes forman parte del equipo de Jesús?

La respuesta rompe toda lógica humana.

Hace más de dos mil años comenzó la búsqueda del equipo más extraordinario de la historia. No para reclutar personas perfectas, sino para rescatar a quienes estaban perdidos.

“Porque la palabra de la cruz es locura para los que se pierden; pero para los que se salvan, esto es, para nosotros, es poder de Dios.”
(1 Corintios 1:18-29)

Mientras los equipos del mundo seleccionan a los mejores, Jesús decidió formar un equipo completamente diferente.


Punto 1

¿Quiénes pueden formar parte del equipo campeón?

Basado en Romanos 2:17, el pastor explicó que existe una idea equivocada muy extendida dentro del cristianismo: pensar que primero debemos cambiar para después acercarnos a Cristo.

La realidad del Evangelio es exactamente la contraria.

Jesús nunca esperó personas transformadas para invitarlas a su equipo; Él llama precisamente para transformarlas.

Por eso escogió pescadores comunes, un cobrador de impuestos despreciado, personas rechazadas por la sociedad e incluso ofreció salvación a un ladrón en la cruz.

El pastor recordó las palabras de Jesús:

“Porque el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido.”

Su llamado no comienza donde termina nuestra debilidad; comienza precisamente en medio de ella.

La reflexión fue directa:

¿Cuántas personas han sido menospreciadas creyendo que Dios nunca podría aceptarlas?

El mensaje rompe ese paradigma: nadie necesita convertirse primero en “la mejor versión de sí mismo” para acercarse a Cristo.


Una diferencia que cambia todo

Aquí el pastor hizo una comparación contundente.

En los equipos deportivos se escoge a los mejores entre los mejores. Cada jugador debe hacer méritos personales para ser aceptado.

En cambio, el equipo de Jesús funciona bajo reglas completamente distintas.

No entramos porque tengamos cualidades especiales.

No porque seamos mejores.

No porque hayamos acumulado suficientes buenas obras.

Entramos únicamente por gracia.

Como enfatizó el pastor Samoya:

“La salvación no se gana. Tampoco se compra, porque ya fue pagada por el Cordero de Dios. Tampoco se alcanza por esfuerzo humano. La salvación se recibe únicamente por fe.”

Ese es el corazón del Evangelio.


Punto 2

¿Por qué debo formar parte del equipo campeón?

Apoyándose en Romanos 6:23, el pastor recordó que toda persona, consciente o no, ya forma parte de algún equipo.

La verdadera pregunta no es si pertenecemos a uno.

La pregunta es:

  • ¿Estoy en el equipo de los vicios?
  • ¿En el de las adicciones?
  • ¿En el de las malas amistades?
  • ¿En el de los hábitos que destruyen mi vida?

Incluso hizo una observación muy actual:

“Hasta el celular puede convertirse en una adicción.”

La enseñanza fue clara: Jesús vino a sacarnos del equipo de la derrota, de la condenación y de la esclavitud para incorporarnos a su Reino.

Romanos 8:1 resume esa realidad:

“Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús.”


Punto 3

¿Cómo puedo formar parte del equipo campeón?

La respuesta fue breve, pero absolutamente central.

No es por religión.

No es por esfuerzo.

No es por tradición familiar.

No es por buenas obras.

Es por el regalo inmerecido de Dios.

El pastor citó Efesios 2:8-9:

“Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe.”

El Evangelio elimina cualquier posibilidad de orgullo espiritual.

Nadie puede decir que ganó su lugar.

Todos llegan por la misma puerta: la gracia.


Punto 4

¿Qué hace Jesús con quienes forman parte de su equipo?

La respuesta aparece reflejada en Hechos 16:29-31.

Jesús no llama únicamente para ofrecer una segunda oportunidad.

El pastor hizo una afirmación que resume toda la esencia del Evangelio:

“Jesús no llama para dar nuevas oportunidades; llama para darnos vida.”

No se trata simplemente de corregir errores.

Se trata de recibir una vida completamente nueva.

En Efesios 1:6, Pablo recuerda que hemos sido aceptados en el Amado, no por nuestros méritos, sino por la gracia abundante de Dios.

Por eso Jesús continúa llamando hoy a personas heridas, rechazadas, quebrantadas, decepcionadas y convencidas de que ya no tienen valor.

Precisamente ellas siguen siendo el tipo de personas que Él busca incorporar a su equipo.


La pregunta final

El cierre de la predicación dejó de lado cualquier emoción pasajera para llevar la reflexión al terreno de la decisión personal.

El pastor Emilio Samoya concluyó diciendo que la verdadera pregunta no es si Jesús sigue llamando.

Porque Él nunca ha dejado de hacerlo.

La pregunta es otra:

¿Cómo estás respondiendo al llamado de Jesús?

Mientras millones celebran a los campeones de un torneo que, tarde o temprano, quedará en la historia, existe un equipo cuya victoria es eterna.

Y formar parte de él constituye, según expresó el pastor, el mayor privilegio que una persona puede recibir.

Porque el equipo campeón de Cristo no está integrado por quienes demostraron ser los mejores.

Está formado por quienes aceptaron, con fe, el llamado del único Campeón que venció al pecado y a la muerte.

“El mayor privilegio es: formar parte del equipo de Jesús “