Predicación del pastor Emilio Samoya
Texto base: Juan 5:2-8
El relato del estanque de Betesda es uno de los pasajes más impactantes del Evangelio de Juan. Allí encontramos a un hombre que llevaba treinta y ocho años enfermo, atrapado en una realidad que parecía no tener solución. Sin embargo, el centro de esta historia no es únicamente un milagro físico, sino una poderosa confrontación espiritual.
En esta predicación, el pastor Emilio Samoya llevó a la iglesia a hacerse una pregunta que continúa resonando hoy:
¿Por qué no salimos de Betesda?
La respuesta no está en Dios, porque Él sigue siendo el mismo. Muchas veces somos nosotros quienes permanecemos estancados, esperando que cambien las circunstancias mientras Cristo ya nos está llamando a levantarnos.
El mensaje desarrolla tres razones fundamentales.
Punto 1
¿Por qué tenemos que salir de Betesda?
El pastor explicó que muchos creyentes permanecen en Betesda porque seguimos buscando experiencias espirituales en lugar de un encuentro con Dios.
Aquellos enfermos permanecían atentos al movimiento del agua, esperando que ocurriera un milagro. Toda su atención estaba puesta en el estanque.
Pero mientras todos observaban el agua, Jesús caminaba entre ellos.
Cuántas veces sucede lo mismo en nuestra vida.
Buscamos emociones.
Buscamos señales.
Buscamos milagros.
Buscamos experiencias extraordinarias.
Y olvidamos que quien realmente transforma la vida no es una experiencia, sino una persona: Jesucristo.
El pastor expresó una verdad profunda:
“El poder estaba en Cristo, pero él estaba confundido creyendo que al estanque lo iba a llevar al propósito.”
No son los métodos.
No son las estrategias.
No son los eventos.
No importa si pasan días, meses o años.
Es Cristo quien hace el milagro.
Como declara Colosenses 1:27:
“Cristo en vosotros, la esperanza de gloria.”
Jesús fue a buscar a aquel hombre.
No fue el milagro quien encontró a Jesús.
Fue Cristo quien salió al encuentro del necesitado.
La reflexión es inevitable.
¿Cuántas veces buscamos el milagro y dejamos de buscar al Señor del milagro?
Punto 2
¿Por qué seguimos poniendo nuestra confianza en las personas y no en Dios?
Otra de las razones por las cuales muchos permanecen en Betesda es porque siguen dependiendo de los hombres.
El paralítico repetía constantemente:
“No tengo quien me meta al estanque.”
Su esperanza estaba puesta en alguien más.
Esperaba que otro resolviera su problema.
Esperaba que otro cambiara su historia.
Pero Jesús vino a enseñarle que la verdadera confianza nunca puede descansar sobre un ser humano.
Con mucha humildad, el pastor Emilio Samoya afirmó:
“Yo te puedo fallar. Soy humano.”
Es una frase sencilla, pero profundamente bíblica.
Los hombres fallan.
Los líderes fallan.
Los pastores fallan.
Las personas decepcionan.
Solo Cristo permanece fiel.
Por eso recordó Proverbios 3:5-6-7:
“Confía en Jehová con todo tu corazón y no te apoyes en tu propia prudencia.”
Nuestra confianza debe estar puesta únicamente en Dios.
Cuando nuestra seguridad depende de una persona, cualquier decepción puede detener nuestro crecimiento espiritual.
Pero cuando nuestra confianza está en Cristo, ninguna circunstancia logra mover nuestra fe.
El pastor también recordó una realidad importante:
Cristo nunca te va a fallar.
Punto 3
¿Por qué no hacemos nada para cambiar nuestra situación?
Este fue quizás el momento más confrontador de la predicación.
Jesús encontró al hombre acostado.
Conocía perfectamente su condición.
Sin embargo, no lo cargó.
No lo levantó físicamente.
No hizo por él lo que el hombre debía hacer en obediencia.
Simplemente le dio una orden.
“Levántate, toma tu lecho y anda.” (Juan 5:8)
El pastor resaltó que muchas veces nosotros mismos permanecemos paralizados.
Esperamos que todo cambie sin dar un paso de fe.
Seguimos alimentando la autocompasión.
Seguimos buscando culpables.
Seguimos justificando nuestra condición.
Pero Jesús nos llama a actuar.
Su pregunta sigue siendo actual:
¿Qué estás haciendo tú para cambiar tu situación?
Muchas veces sentimos que no podemos avanzar.
Pero el Señor ya habló.
Y cuando Cristo da una orden, también da la capacidad para obedecer.
Una advertencia para la Iglesia
El pastor hizo una observación muy seria.
Hay personas que, por más que se les predique, no avanzan.
No crecen espiritualmente.
Pareciera que su fe se hubiera apagado.
Sus frutos terminan evidenciando su verdadera condición espiritual.
No basta con asistir a la iglesia.
No basta con escuchar sermones.
La fe verdadera produce transformación.
Produce crecimiento.
Produce obediencia.
Produce fruto.
Sal del agujero de la lástima
Otra exhortación poderosa fue abandonar la autocompasión.
Mientras una persona permanece instalada en la lástima, difícilmente podrá caminar hacia el propósito de Dios.
El Señor no nos llamó a vivir derrotados.
Nos llamó a vivir transformados.
El altar no solo nos perdona.
El altar nos transforma.
Nos bendice.
Nos cambia.
Y cuando dejamos de buscar culpables y decidimos someternos a Cristo, comienza una vida completamente nueva.
Como declara el Salmo 118:8-9:
“Mejor es confiar en Jehová que confiar en el hombre.”
El llamado pastoral
El cierre de la predicación fue un llamado urgente para toda la iglesia.
Hay creyentes que permanecen tirados espiritualmente.
Han permitido que el dolor, la decepción, el pecado o la costumbre apaguen su fe.
Pero la voz de Cristo sigue siendo la misma.
¡Levántate!
No permanezcas en Betesda.
No sigas viviendo de excusas.
No continúes esperando que otros hagan lo que Dios te está llamando a hacer.
Si nos sometemos a Él, nuestra vida será completamente diferente.
Él nos ha dado promesas de vida.
Nos llama a caminar por fe.
A salir del agujero de la lástima.
A dejar de buscar culpables.
A resplandecer con una vida transformada.
Porque la orden de Jesucristo sigue vigente para todo aquel que desea experimentar una verdadera restauración:
“Levántate, toma tu lecho y anda.”
No es una invitación; es un llamado a la acción. Cristo no solo sana nuestras heridas, sino que nos impulsa a caminar en victoria. La verdadera fe no permanece acostada en Betesda; se levanta, obedece y avanza hacia el propósito eterno de Dios.






