Por la pastora Paola Nava
Encuentro de Mujeres Risas y tacones— 15 de agosto de 2026
Hay encuentros que parecen una actividad más en el calendario, pero terminan convirtiéndose en esos momentos que el corazón guarda para siempre.
El pasado 15 de agosto de 2026 se llevó a cabo el encuentro de mujeres “Risas y tacones : Sin Filtros”, organizado por la pastora Saraí Samoya , un espacio que comenzó entre sonrisas, compañerismo y abrazos, pero que terminó tocando lugares mucho más profundos del alma.
La pastora Paola Nava condujo a las presentes por una reflexión inspirada en la mujer samaritana, aquella mujer que llegó hasta el pozo cargando una historia que seguramente hubiera preferido esconder. Sin embargo, allí, frente a Jesús, no hubo filtros, apariencias ni posibilidad de esconder el pasado.
Jesús vio a la mujer detrás de su historia.
Y eso sigue haciendo hoy.
Cuando el filtro se convierte en una máscara
Vivimos en una época en la que podemos elegir cómo queremos que los demás nos vean. Las redes sociales permiten borrar una imperfección, suavizar un rostro, cambiar una imagen y construir, en segundos, una versión aparentemente perfecta de nosotros mismos.
Pero hay heridas que ningún filtro puede esconder.
La pastora llevó a las mujeres a mirar más allá de la apariencia y preguntarse con honestidad:
¿Cómo estás realmente?
Tal vez dices: “Estoy bien”, mientras por dentro estás cansada.
Tal vez sonríes, pero ya no puedes más.
Tal vez dices que tu matrimonio está bien, cuando en realidad se encuentra al borde del abismo.
Tal vez llevas años intentando aparentar fortaleza, mientras una herida de la infancia sigue hablando silenciosamente desde tu corazón.
Y quizá nadie lo sabe.
Pero Jesús sí.
A Él no le importa el aspecto físico, la imagen que proyectamos ni la versión que presentamos ante los demás. Él mira el corazón.
Por eso, quitar los filtros no significa solamente mostrarnos sin maquillaje. Significa atrevernos a presentarnos delante de Dios tal como somos.
“Él quiere sanarte”
La historia de la samaritana recordó que Jesús no llegó a condenarla. Se acercó a ella, conversó con ella y le reveló una verdad que transformaría su historia: Él era el Mesías.
Aquel encuentro personal con Jesús cambió el rumbo de su vida.
La mujer llegó cargada de una historia y salió con una nueva esperanza.
Y ese mismo mensaje resonó entre las mujeres aquella tarde: Jesús todavía transforma historias.
Puede haber mujeres que sienten vergüenza por decisiones que tomaron. Mujeres heridas por errores del pasado. Mujeres que sienten que algo de su infancia las marcó para siempre. Mujeres que han perdido las fuerzas, que se han apagado emocionalmente o que incluso han llegado a preguntarse si vale la pena continuar.
Pero la historia no tiene que terminar allí.
El Espíritu Santo quiere sanar.
Jesús quiere restaurar.
Y aquello que un día fue motivo de vergüenza puede convertirse, en las manos de Dios, en un testimonio capaz de ayudar a otra mujer que todavía está luchando en silencio.
“Padre, aquí estoy… sin filtros”
Uno de los momentos más intensos llegó cuando la pastora invitó a las mujeres a dejar de esconderse y clamar:
“Padre, aquí estoy, sin filtros. Haz la buena obra en mí.”
Fue una invitación a decir: “¡Hasta aquí!”
Hasta aquí el cansancio.
Hasta aquí la vergüenza.
Hasta aquí esconder las heridas.
Hasta aquí fingir que todo está bien.
Porque a veces la mayor valentía no está en aparentar que somos fuertes, sino en reconocer delante de Dios que necesitamos una intervención divina.
El Salmo 51:17 recuerda que Dios no desprecia un corazón quebrantado y contrito.
Y quizás eso fue precisamente lo que ocurrió aquella tarde: corazones que durante mucho tiempo habían intentado mantenerse firmes finalmente encontraron un lugar seguro para quebrantarse delante de Dios.
Una historia que ya no sería la misma
La mujer samaritana no volvió a ser la misma después de encontrarse con Jesús.
Y ese fue el desafío de “Sin Filtros”: dejar que Jesús entrara en aquellos lugares que muchas veces preferimos mantener cerrados.
Porque con Jesús no se trata de aparentar que estamos bien.
Se trata de reconocer que lo necesitamos.
No caminamos iguales cuando Él entra en nuestra historia.
Cuando quitamos los filtros, Dios puede comenzar a trabajar con aquello que verdaderamente somos. Puede tocar las heridas, restaurar lo quebrado y transformar aquello que parecía perdido en una historia nueva.
Tal vez alguna mujer llegó aquella tarde sintiendo que su historia estaba terminada.
Pero Dios todavía escribe capítulos.
No más filtros. No más vergüenza.
La actividad concluyó con una poderosa oración.
Las palabras dieron paso al silencio, el silencio al quebranto y el quebranto a las lágrimas. Lágrimas que recorrieron rostros que quizá durante mucho tiempo habían aprendido a sonreír para esconder lo que ocurría por dentro.
Después vinieron los abrazos.
Mujeres abrazando a mujeres.
Corazones encontrándose en medio de una misma necesidad.
Y, finalmente, aquella atmósfera comenzó a llenarse de paz.
Salieron diferentes.
Quizás no porque todos sus problemas hubieran desaparecido en un instante, sino porque habían recordado algo esencial: no tienen que enfrentarlos solas.
Jesús sigue encontrándose con mujeres junto al pozo de sus historias.
Sigue mirando más allá de las apariencias.
Sigue llamando por su nombre a quienes se sienten escondidas.
Y sigue diciendo:
“Quítate los filtros. Ven a mí tal como eres.”
Porque cuando dejamos de esconder nuestro corazón delante de Él, comienza una transformación que ningún filtro de este mundo puede producir.
NO MÁS FILTROS.
NO MÁS VERGÜENZA.
SOLO JESÚS Y UN CORAZÓN DISPUESTO A SER RESTAURADO









