Serie: Discípulos
Pastor Ronald Díaz
¿Ser una buena persona es suficiente?
El pastor Ronald Díaz inició la enseñanza con una pregunta que confrontó a toda la congregación:
”¿Eres una buena persona?”
Muchos podrían responder que sí. Quizás porque son buenos padres, buenos hijos, buenos esposos o ciudadanos responsables. Sin embargo, el mensaje llevó a reflexionar sobre una verdad que el evangelio deja muy clara: ser una buena persona no garantiza la salvación.
Tomando como base Juan 3:1-7, el pastor recordó el encuentro entre Jesús y Nicodemo. Aunque era un hombre respetado, religioso y conocedor de la Ley, Jesús le dijo:
“De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios.”
La necesidad del ser humano no es simplemente mejorar su comportamiento, sino experimentar una transformación espiritual. El nuevo nacimiento no consiste en aparentar una vida correcta, sino en permitir que Cristo cambie el corazón.
El pecado es más profundo que las malas acciones
El pastor explicó que el problema del hombre no son únicamente sus malas acciones, sino su naturaleza pecaminosa.
El pecado es aquello que nos separa de Dios, y aunque muchas veces solemos relacionarlo únicamente con acciones visibles, también existen pecados que suelen pasar desapercibidos dentro de la vida cotidiana y, en ocasiones, incluso dentro de la iglesia.
El orgullo, el egoísmo, la falta de perdón, la envidia y el chisme también son manifestaciones del pecado.
Por eso hizo un llamado a permitir que Cristo transforme la vida por completo. La meta no es alcanzar una perfección humana, sino vivir en un proceso constante de santificación, rechazando cualquier estilo de vida que normalice el pecado.
Como enfatizó durante la enseñanza, la conducta puede cambiar por educación o disciplina, pero solamente Jesús puede transformar el corazón.
Solo Jesús cambia nuestra naturaleza pecaminosa
Continuando con el mensaje, el pastor fundamentó esta verdad en Efesios 2:8-9, recordando que la salvación es un regalo de Dios recibido por medio de la fe.
No es el resultado de nuestros méritos ni de nuestras buenas acciones.
Si la salvación dependiera de las obras, el ser humano tendría motivos para jactarse delante de Dios. Sin embargo, el evangelio enseña exactamente lo contrario: nadie puede salvarse por sí mismo; todos necesitamos a Jesús.
El pastor hizo una diferencia muy clara entre la religión y el evangelio.
La religión suele enfocarse en reglas y esfuerzos humanos para intentar agradar a Dios. El evangelio, en cambio, revela que Cristo hizo por nosotros lo que jamás podríamos lograr con nuestras propias fuerzas.
“Nadie entra al cielo por sus propias obras”, afirmó.
Una de las frases que marcó este punto fue:
“Las buenas obras no compran la salvación; la salvación produce buenas obras.”
Las buenas acciones no son el camino hacia la salvación; son la evidencia de una vida que ya fue transformada por Cristo.
Cuando una persona comprende la gracia que ha recibido, sirve con alegría, ama a los demás y pone sus dones al servicio del Reino. No lo hace para ganar el favor de Dios, sino como una respuesta de gratitud por la salvación que ya recibió.
Un discípulo no solo admira a Jesús; entrega su vida a Jesús
Como tercer punto del mensaje, el pastor llevó a la iglesia a Lucas 9:23, donde Jesús declara:
“Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día y sígame.”
El pastor explicó que este es el momento de la decisión. Es el punto donde cada creyente queda “contra la espada y la pared”, porque seguir a Cristo implica mucho más que admirarlo o asistir a una iglesia.
Lanzó una serie de preguntas que llevaron a la reflexión:
“Tú dices ser cristiano. Tú dices amar a Dios. Tú dices asistir a la iglesia. Tú dices ser líder. Tú dices ser pastor… pero, ¿te has negado a ti mismo?”
Negarse a sí mismo significa dejar a un lado los propios deseos, la voluntad personal y aquello que el corazón quiere hacer para decir con convicción:
“Confío en ti, Jesús.”
Tomar la cruz representa vivir cada día bajo el señorío de Cristo, aun cuando implique sacrificio, renuncia y obediencia.
Con firmeza, el pastor expresó:
“No queremos cristianos tibios.”
El discipulado exige compromiso, entrega y una decisión diaria de seguir a Jesús.
El corazón de un discípulo también sirve
En la parte final del mensaje, el pastor recordó la esencia de El Búnker al preguntar a la congregación:
”¿Qué es El Búnker?”
La respuesta fue la visión que caracteriza a la iglesia:
“Un lugar seguro para volver a comenzar.”
Explicó que el mayor deseo del liderazgo es que cada persona nueva que llegue encuentre amor, aceptación y acompañamiento; que nadie sea juzgado, sino recibido con el amor de Cristo.
Al mismo tiempo, hizo un llamado a quienes ya forman parte de la iglesia a vivir una fe activa, preguntando constantemente:
“Pastor, ¿en qué puedo ayudar? ¿En qué puedo servir?”
Ya sea colaborando en el cafetín, sirviendo con los niños, recibiendo a las personas o participando en cualquier área del ministerio, el servicio refleja el corazón de un verdadero discípulo.
El mensaje concluyó con una invitación a asumir el llamado al discipulado, compartir el evangelio y conducir a otros a los pies de Cristo. Más que una enseñanza, fue un llamado a dejar de ser simples admiradores de Jesús para convertirnos en seguidores comprometidos con su misión.
El pastor cerró la prédica con una oración, en un ambiente de profunda reflexión y entrega al Señor.




